Al principio sientes cómo el frío te invade fuertemente la cabeza. Es una sensación extraña pero no por ello molesta. Entonces los ojos empiezan a escocerte, y te inunda un dolor de esos que se hacen soportables, de los que eres consciente a veces sí y a veces no pero que mueres por ignorarlo por no renunciar a lo que ese dolor te da a cambio, esa visión, esa sensación de ser otra persona, de ver cosas que nadie más ve. Le das la espalda y entregas al mundo tu sonrisa. Escondes los pequeños impulsos que te obligan a cerrar de nuevo los ojos y nadar en la oscuridad. Has descubierto algo nuevo que te gusta y que no quieres que se acabe, has abierto los ojos y una luz, tal vez cegadora, ilumina tu nueva vida.

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