11 de julio de 2011

¿Alguna vez has abierto los ojos debajo del agua?


Al principio sientes cómo el frío te invade fuertemente la cabeza. Es una sensación extraña pero no por ello molesta. Entonces los ojos empiezan a escocerte, y te inunda un dolor de esos que se hacen soportables, de los que eres consciente a veces sí y a veces no pero que mueres por ignorarlo por no renunciar a lo que ese dolor te da a cambio, esa visión, esa sensación de ser otra persona, de ver cosas que nadie más ve. Le das la espalda y entregas al mundo tu sonrisa. Escondes los pequeños impulsos que te obligan a cerrar de nuevo los ojos y nadar en la oscuridad. Has descubierto algo nuevo que te gusta y que no quieres que se acabe, has abierto los ojos y una luz, tal vez cegadora, ilumina tu nueva vida.

Cuando el amor empieza a hacerte daño, luchas insaciablemente por seguir viendo maravillas bajo el agua y no perder la sonrisa. Al darte por vencido, bajas la mirada decepcionado y te preparas para nadar de nuevo en la oscuridad hasta tener el valor de abrir los ojos otra vez.

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