18 de septiembre de 2011

Un poquito de pesimismo.

Y cuando dejas de creer en reyes que se pasean el mundo entero en camello en una sola noche, o en un ratón con el síndrome de Diógenes obsesionado con coleccionar dientes, empiezas a creer en el amor. Te sacan de mil cuentos que carecen considerablemente de coherencia argumentativa para meterte en uno que tiene aun más fallos.
Que ya no quiero oir hablar de princesas, ni de príncipes atrapados en un sapo o viceversa. Que se acabaron los finales felices donde a todo el mundo le gustan las perdices, ¡que no! Que yo no como pájaros ni todo es de color de rosa para siempre. Que ya me llevé un disgusto cuando descubrí que el moreno del Baltasar de la cabalgata de mi barrio sólo le llegaba hasta las orejas. Y que desde entonces me prometí a mi misma no volver a llorar por historias que se inventen los demás creyendo hacer felices a un par de ingenuos. Vamos a aceptar la asquerosa realidad, que ya somos mayorcitos.

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